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Aquella noche, casi sin darme cuenta, me encontré iniciando una conversación con Gloria, y fui por primera vez a su cuarto. Su charla insubstancial me parecía el rumor de lluvia que se escuchaba con gusto y con pereza. Empezaba a acostumbrarme a ella, a sus rápidas preguntas incontestadas, a su estrecho y sinuoso cerebro.
-Sí, sí, yo soy buena... no te rías.
Estábamos calladas. Luego se acercaba para preguntarme:
-¿Y de Román? ¿Qué opinas de Román?
Luego hacía un gesto especial para decir:
-Ya sé que te parece simpático, ¿no?
Yo me encogía de hombros. Al cabo de un momento me decía:
-A ti te es mas simpático que Juan, ¿no?
Un día, impensadamente, se puso a llorar. Lloraba de una manera extraña, cortada y rápida, con ganas de acabar pronto.
-Román es un malvado -me dijo-, ya lo irás conociendo. A mi me ha hecho un daño horrible, Andrea -se secó las lágrimas-. No te contaré de una vez las cosas que me ha hecho porque son demasiadas; poco a poco las sabrás. Ahora tu estás fascinada por él y ni siquiera me creerías. [...]

Cuando subíamos por la Vía Layetana, yo no tuve mas remedio que mirar hacia la casa de Ena, recordando a mi amiga y las extrañas palabras que me había dicho Jaime para ella. Estaba pensando así, cuando la vi aparecer realmente delante de mis ojos. Iba cogida del brazo de su padre. Hacían los dos una pareja espléndida, tan guapos y elegantes resultaban. Ella también me había visto y me sonreía. Sin duda volvían hacia su casa.
-Esperad un momento -dije a los chicos, interrumpiendo un párrafo de Iturdiaga. Crucé la calle y fui hacia mi amiga. La alcancé en el momento en que ella y su padre entraban en el portal.
-¿Puedo decirte dos palabras?
-Claro que sí. No sabes cuánto me alegro de verte. ¡Quieres subir?
Esto equivalía a una invitación a cenar.
-No puedo, me esperan mis amigos... [...]

-He visto a Jaime -dije rápidamente en cuanto desapareció-. He estado paseando hoy con el y me ha dado un recado para ti.
Ena me miro con expresión cerrada.
-Me ha dicho que tiene confianza en ti, que no te preguntará nada y que necesita verte.
-¡Ah! Bueno, está bien, Andrea. Gracias, querida.
Estrechó mi mano y se marchó dejándome parada con cierta decepción. Ni siquiera me había permitido ver sus ojos.
Al volverme encontré a Iturdiaga que había cruzado la calle saltando, con sus largas zancas, entre una oleada de coches...
Miró como atontado hacia el fondo de la portería, donde ya subía el ascensor con Ena dentro.
-¡Es ella! ¡La princesa eslava!... Soy un imbécil, ¡Me he dado cuenta en el mismo momento en que se despedía de ti! ¡Por Dios! ¿Cómo es posible que tú la conozcas? ¡Habla, por tu vida! ¿En qué país ha nacido? ¿Es rusa, sueca, polaca quizá?
-Catalana.
Iturdiaga se quedo atontado.

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