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Pero yo no estaba obsesionado, ni me imaginaba nada. Olía a nardos, a todas horas, en todas partes, y aquello me estaba destrozando los nervios. Finalmente, el domingo de la segunda semana de agosto, no pude más y exploté. Debían de ser las once y media de la noche. Estaba en la cama, intentando leer una novela, pero no lograba concentrarme, pues el aroma era en aquel momento tan intenso que me agobiaba. Harto de leer una y otra vez la misma línea sin enterarme de nada, cerré el libro de golpe y lo dejé sobre la mesilla de noche. Acto seguido, me senté en la cama y exclamé:
-Bueno, ¿qué quieres?
Como era de esperar, nadie contestó.
-¿No quieres nada? Entonces, ¿por qué narices estás dándome la vara todo el día con el dichoso perfume?
Silencio. Quizá fuera mi imaginación, pero me pareció que el olor a nardos se incrementaba.
-¿Qué demonios quieres que haga? -insistí- ¿Espiritismo? ¿Te pongo una vela? ¿Sacrifico una gallina en tu honor?...
Un claxon sonó en la lejanía. Luego, el ladrido de un perro.
-Vale -proseguí, haciendo un gesto envolvente con las manos-. Te invito a venir. Mueve los libros, escribe mensajes en los espejos, lo que quieras, pero haz algo de una vez.

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